CapturaCuando uno habla con personas de otros países –bien sea académicos, diplomáticos, funcionarios públicos, empresarios, periodistas o ciudadanos del común- con frecuencia, se muestran sorprendidos por lo que sucede a diario en Colombia y manifiestan lo difícil que es comprenderlo. Pero ellos no son la excepción, a la mayoría de los colombianos nos pasa lo mismo.

Es un país de grandes contrastes, en el que se pasa en un solo día de la euforia a la desesperanza, de la alegría a la tristeza.  El 2016 estuvo colmado de situaciones que reflejan estas aparentes contradicciones, lo que sucedió con el proceso de paz es quizás el ejemplo que mejor lo encarna.

Luego de más de cinco años de negociaciones, finalmente, se llegó a un acuerdo entre el gobierno y las FARC con el que se busca poner fin a más de cinco años de conflicto armado.  Este acuerdo recibió el respaldo de prácticamente toda la comunidad internacional,  de gobiernos de todas las tendencias políticas, de organismos multilaterales, de organizaciones de la sociedad civil,  de medios de comunicación, de personalidades religiosas, políticas y del mundo cultural, de cientos de personas que se expresaron en las calles de muchas ciudades.

Mientras tanto en Colombia, los desacuerdos y las divergencias no desaparecían; lo que estaba en juego era la decisión política más importante del último siglo. Muchos de los argumentos esgrimidos por las partes, para defender su posición a favor o en contra eran fundamentados y respetables, propios de un debate en democracia.  Otras parecían incomprensibles, por provenir de personas o sectores políticos que en el pasado promovieron procesos de negociación con las mismas FARC o con otros actores armados, otorgándoles incluso beneficios superiores a los previstos en los acuerdos de La Habana.

El plebiscito fue el momento crítico que, una vez más, puso en evidencia las complejidades de nuestro país y que para muchos resultó incomprensible.  ¿Cómo es posible que pierda la opción de dejar atrás cincuenta años de conflicto armado? fue la pregunta que muchos se hicieron, sin encontrar respuesta. Una elección en la que ganó el no, contrariando todas las predicciones, y un resultado que mostró a un electorado dividido en partes iguales.  Y como si todo esto fuera poco, ha habido una sucesión de decisiones de diferentes instancias del estado sobre los pasos a seguir, algunas de ellas contradictorias, que han generado más preguntas que respuestas.

El 5 de julio de 1991, en la clausura de las sesiones de Asamblea Nacional Constituyente, Álvaro Gómez Hurtado afirmó lo siguiente, refiriéndose a la nueva carta política: “Nadie puede considerarse vencido por ella. Ni siquiera quienes han mantenido reticencias o quienes procuraron su fracaso”. Y más adelante advirtió: “Colombia es un país joven que tiene que ensayar. Debe ensayar. No puede limitarse a las únicas oportunidades que no tengan peligro. Porque los peligros se nos vinieron encima, y para contrarrestarlos no bastan las posturas timoratas”. Ver: PRIMÓ ACUERDO SOBRE LO FUNDAMENTAL: GÓMEZ

Quizás, si seguimos estas palabras dejaremos de ser un país incomprensible y comenzaremos a comprendernos mejor en nuestras diferencias.