CapturaPosiblemente uno de los actos que mejor representa lo que es la Política es la firma de un acuerdo entre el estado y un grupo insurgente para terminar un conflicto armado de más de cincuenta años.  No la política de los populismos, ni la de los líderes caudillistas, ni la de quienes se escudan en la anti política para hacer política, ni siquiera la partidista. Es la Política que ofrece la oportunidad de devolverle significado al artículo 1 de nuestra Constitución que plantea que “Colombia es un Estado social de derecho, organizado en forma de república unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general”.  Es, ni más ni menos, la Política que permite pensar que es posible parar la guerra para lograr la paz.

Por lo anterior, carecen de validez los argumentos de quienes pretenden descalificar los acuerdos alcanzados en La Habana entre el gobierno y las FARC porque obedecen a fines o intereses políticos.  Como si estos pudieran ser asépticos y neutrales frente a lo que significa que dos actores que históricamente fueron enemigos irreconciliables puedan llegar a acuerdos fundamentales, como por ejemplo que la via electoral, y no la de las armas,  es la que en democracia debe definir quiénes pueden acceder a cargos de representación.

Seguramente la mayoría de los colombianos tienen muchas preguntas sobre lo acordado.  Por ejemplo, sobre los alcances de la participación política de las FARC, los recursos que van a recibir los desmovilizados, la implementación de la Justicia Especial para la Paz.  O sobre los recursos para responder a los requerimientos resultantes de la implementación de los acuerdos. O sobre el papel que van a desempeñar las fuerzas armadas en el post acuerdo.

También hay incertidumbre sobre los posibles cambios en las estructuras y configuración del poder a nivel nacional y local, como resultado del ingreso al escenario político de nuevos actores y el reacomodamiento de redes clientelares o criminales tradicionales que podrían entrar a ocupar los espacios donde antes hacían presencia grupos armados.

Algunas de estas preguntas seguramente no tendrán respuestas inmediatas. Muchas de ellas van a depender de que las partes cumplan con los compromisos adquiridos.  Otras, de lo que todos hagamos para que estos sean una realidad.  No se trata de dejar de preguntar, de participar, de estar vigilantes, incluso de hacer oposición.  Por el contrario, ahora más que nunca debemos ejercer nuestro derecho de ser ciudadanos activos y críticos.

Como decía Humberto de la Calle, no es el acuerdo perfecto, pero es el mejor acuerdo posible. Así lo han reconocido la gran mayoría de los países y la comunidad internacional, que han ofrecido su respaldo y acompañamiento.

El “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera” es apenas el comienzo de un largo camino, no el final de un proceso.  Pero es sin duda el hecho político más importante para dos o tres generaciones pasadas y para las que están por venir.  Es una oportunidad histórica para apoyarlo y de recuperar la Política para todos los ciudadanos.

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